¿Estás perdiendo poder al etiquetar tu brujería? Muchas veces, sin darnos cuenta, limitar nuestra magia con etiquetas puede frenarla…
Querida alma inquieta… si llevas un tiempo en el mundo mágico, seguramente te has topado con esa pregunta tentadora: ¿Qué tipo de bruja eres? Hay listas, tests, memes, hasta vídeos diciendo que eres «una bruja de fuego con ascendente en la cocina». Y aunque puede ser divertido… también puede ser una trampa disfrazada de autoconocimiento.
“¿Y si no soy de ningún tipo? ¿Y si me gustan los cristales, pero también hablo con los muertos? ¿Y si hoy hago hechizos con sal y mañana medito con el Sol?”
Déjame contarte un secreto que quizás te libere: no necesitas una etiqueta para ser bruja. De hecho, intentar encasillarte demasiado pronto puede frenar tu magia más que impulsarla. Y si ahora mismo estás diciendo «¡Pero Margui, todo el mundo lo hace!», te invito a seguir leyendo. Porque esto va mucho más allá de una moda mágica.
Antes de etiquetar tu brujería, experimenta con distintas prácticas.
Las etiquetas mágicas —bruja verde, del mar, de cocina, sabática, adivinadora— pueden servir como una brújula cuando ya sabes hacia dónde caminas. Pueden ayudarte a explicar tu práctica con pocas palabras, a encontrar tu tribu, a elegir tus herramientas con más precisión. Pero no están hechas para limitarte, ni para definirte cuando apenas estás descubriendo los caminos del arte mágico.
Si una etiqueta te hace sentir más perdida que conectada… entonces no es para ti. Al menos no ahora.
Vamos por partes, que aquí hay sabiduría para cada fase del camino. Dependiendo de cuánto tiempo lleves practicando, tu enfoque mágico puede (y debe) ser distinto. No tengas prisa. La magia, como el vino bueno, se saborea a fuego lento.
Estás en la maravillosa etapa del descubrimiento, donde todo te llama la atención. ¡Y eso es perfecto! Estás en la fase bufé. Libros, blogs, podcasts, velas, minerales, hechizos de amor, tarot… ¡pruébalo todo sin miedo! Y no te sientas culpable si empiezas un libro y no lo terminas. Leer unas páginas de muchos temas también es valioso.
Haz lo que hace una buena bruja curiosa: entra en una librería esotérica o en academiabrujeando.com y déjate llevar por lo que te llame. No busques perfección, busca conexión.
Aquí ya sabes qué temas te emocionan de verdad. Has probado varias cosas y ahora puedes empezar a profundizar en las que te atrapan. Quizás es la magia herbal, los rituales lunares o la conexión con tus ancestros.
Sigue explorando nuevos territorios, pero empieza a enfocarte también en los temas que terminaste de leer y practicar. Esas son pistas clarísimas de por dónde va tu camino. Y no pasa nada si todavía te sientes dispersa: cada paso que das, incluso los aparentemente «fuera de lugar», están afinando tu brújula interior.
Aquí es cuando puedes decir: “esto me gusta, esto me funciona, esto me mueve”. Es el momento ideal para volcarte en uno o dos temas que te apasionan. Investiga, experimenta, crea tus propias versiones, busca a quienes sepan más que tú. Y si un día te cansas… vuelve al bufé. Así de flexible es la magia bien vivida.
Este también es el punto donde usar una etiqueta comienza a tener sentido. Pero ahora sí: porque estás practicando eso que nombras. No porque te lo haya dicho un test o una moda en TikTok.
Aquí solemos responder simplemente: “Soy bruja”. Sin más adornos. Porque ya sabemos que ninguna etiqueta lo abarca todo. Nuestra práctica es una mezcla personalísima de rituales, símbolos, intuiciones, errores, descubrimientos, y pequeños milagros cotidianos. Y todo eso, bruja mía, no cabe en una palabra.
No es necesario etiquetar tu brujería para practicar con éxito.
No si estás empezando. No si la etiqueta te pesa. No si sientes que tu magia es mucho más rica, cambiante y compleja que un nombre bonito.
Las etiquetas son herramientas de comunicación, no recetas mágicas. No tienen el poder de convertirte en nada. Tú eres la que hace el camino. No las uses para limitarte, úsalas —si quieres— para compartirse.
Y si no quieres usarlas, no lo hagas. Nadie en el mundo mágico tiene derecho a exigírtelo. No hay exámenes para ser bruja, ni diplomas que digan que eres “lo suficientemente mágica”. La magia real es la que funciona, la que te conecta, la que transforma tu vida aunque no tenga nombre.
Si vas a etiquetar tu brujería, asegúrate de que refleje tu verdadera práctica.
Suelta la presión de encajar. Juega, explora, equivócate, mezcla, transforma. Y si algún día encuentras una palabra que te represente, úsala. Pero que nunca sea una jaula. Porque tú, alma inquieta, eres mucho más que una etiqueta.
Que tu práctica sea libre, intuitiva, tuya. Y que nunca pierdas la chispa de preguntarte: “¿Y si pruebo esto otro?”
Y recuerda: si tu magia te da resultados reales y te hace vibrar… entonces es magia de verdad. Y eso, bruja bonita, no necesita explicación. Te recomiendo que leas «Libre albadrio y la Magia»